El paisaje como autobiografía visual
Cuando hablamos de paisaje en el arte ecuatoriano, solemos pensar en montañas majestuosas, volcanes imponentes o campos idílicos. Sin embargo, en la obra de Dayuma Guayasamín, el paisaje adquiere una dimensión más íntima, más cercana a la memoria que a la postal. Sus calles de Sangolquí, sus cuartos interiores, sus ventanas abiertas, incluso las paradas de bus, se convierten en mapas sensibles de una identidad territorial construida desde lo cotidiano.
El territorio como experiencia vivida
En lugar de pintar desde la distancia, Dayuma pinta desde la experiencia encarnada: vive y habita los espacios que representa. Esa cercanía convierte sus obras en pequeñas cartografías emocionales. Sus escenas no idealizan el entorno: lo revelan. Allí están las texturas de la tierra, los tonos del cemento, las costuras de la ropa tendida, los toldos de los buses, los muros deslavados… Fragmentos de vida que componen el “paisaje íntimo”.
Para el curador, el valor de estas piezas está en su poder para resignificar el paisaje como construcción social y afectiva. No es solo una representación del entorno, sino una narrativa que lo habita, lo transforma y lo denuncia.
¿Por qué importa esto para un curador o gestor cultural?
Uno de los grandes desafíos de los curadores contemporáneos es conectar al público con obras que hablen de su realidad, sin caer en el exotismo o la folklorización. La pintura de Dayuma resuelve ese reto: habla de lo local sin limitarse a lo anecdótico. Lo hace desde el gesto, la textura, la selección de materiales y el encuadre. Curar sus obras es curar fragmentos de la vida urbana y periférica desde una mirada poética y política a la vez.
Técnica y soporte como construcción territorial
Los paisajes de Dayuma no solo se pintan, se tejen. En muchas de sus obras, los fondos están hechos sobre tejidos reutilizados: manteles, sedas, cortinas. Esa elección no es casual. Cada soporte tiene historia, ha sido parte de un hogar, ha tenido un uso antes de convertirse en arte. Así, el territorio no solo es el tema representado, sino también el material donde se inscribe.
Este enfoque conecta con líneas curatoriales actuales que exploran el soporte como narrativa: el objeto sobre el que se pinta también habla, también documenta. En ese sentido, Dayuma se alinea con prácticas de archivo expandido, donde cada elemento aporta a la historia que la obra quiere contar.
La ciudad en clave femenina
Otro aporte fundamental de esta serie es su lectura de ciudad desde una perspectiva femenina. Lejos del espacio público monumental, Dayuma se enfoca en la ciudad íntima: el cuarto, la cocina, la ventana, el patio. Y con ello devuelve a lo doméstico un poder estético y simbólico.
Desde el punto de vista curatorial, esto permite lecturas de género, de resistencia y de cuidado en el arte contemporáneo. Sus paisajes no se limitan a describir un lugar: nos invitan a sentirlo, a cuidarlo, a reclamarlo como propio.
Casos destacados de la serie
· “Bus de Sangolquí”: pintura sobre tela recuperada que retrata una parada de bus como escena de tránsito, espera y comunidad.
· “Desde la ventana”: técnica mixta sobre encaje y seda, en la que una vista cotidiana se vuelve símbolo de intimidad y tiempo suspendido.
· “Toldo rojo”: obra en acrílico y textil donde lo urbano se mezcla con gestos de mercado, comercio local y vida popular.
Lo íntimo como estrategia curatorial
Dayuma Guayasamín nos recuerda que el arte no necesita lo monumental para ser potente. Desde lo más cotidiano —una calle, un mantel, una casa de infancia— se puede construir una estética crítica y conmovedora. Para el curador, estas obras son piezas que expanden el concepto de paisaje, que permiten montar discursos sobre lo local, lo íntimo y lo periférico sin caer en clichés.
Dayuma no pinta la ciudad: la habita con la mirada. Y eso, en un arte cada vez más globalizado, es un gesto político y curatorial de gran valor.
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