La historia alrededor de Dayuma Guaysamín
La artista que convirtió el legado de tres generaciones de mujeres en una obra propia
Hay artistas que heredan un apellido y pasan la vida tratando de estar a la altura de él. Y hay artistas, muy pocas, que heredan tres linajes creativos al mismo tiempo, los observan de cerca durante toda una infancia y, en lugar de replicar ninguno, construyen un cuarto camino, enteramente propio, que termina siendo tan sólido como los que lo precedieron. Ese es exactamente el caso de Dayuma Guayasamín (Quito, 1959), una de las voces más singulares del arte contemporáneo ecuatoriano, cuya obra es desarrollada de manera ininterrumpida durante más de cinco décadas, hoy forma parte de la colección permanente del Museo Nacional del Ecuador (MuNa), ha sido condecorada por el Parlamento Andino y el Municipio de Rumiñahui, y fue seleccionada como artista invitada en la Bienal Internacional de Antioquia y Medellín 2025, uno de los eventos de arte contemporáneo más relevantes de América Latina, entre muchos otros.
Contar la historia de Dayuma Guayasamín es, casi inevitablemente, contar la historia de tres mujeres que la precedieron y que, cada una a su manera, le enseñaron que el arte no es un privilegio masculino ni una excepción, sino un territorio que se conquista con trabajo, convicción y una mirada propia sobre el mundo. Pero es, sobre todo, la historia de cómo esa artista tomó esa herencia extraordinaria y, en vez de administrarla, la transformó en una obra pictórica, conceptual y de investigación estética con voz absolutamente propia.
Una infancia entre lienzos, esculturas y sobremesas de artistas
Dayuma Guayasamín no eligió nacer en un entorno excepcional, pero sí eligió, desde muy pequeña, no desperdiciarlo. Creció en una casona del barrio González Suárez de Quito, de techos altos y zócalos de madera, donde convivían esculturas de santos vestidos de seda, colecciones de arte precolombino, instrumentos musicales y lienzos en distintas fases de creación. La curadora Ana Cristina Franco describe ese entorno como una casa donde el olor a resina, los bocetos inacabados y las manos manchadas de barro y acrílico formaban parte del paisaje cotidiano. No fue una infancia decorativa: fue la primera escuela, y la más determinante, de una artista que a los ocho años ya ganaba premios escolares de pintura.
A los 14 años tomó una decisión radical para cualquier adolescente, y más aún para una mujer en el Ecuador de los años setenta: abandonó el colegio para dedicarse por completo al arte. No fue un gesto impulsivo, sino la primera de muchas decisiones que definirían su carácter: una formación libre, autodidacta y experimental, construida en talleres de Madrid, Ciudad de México y Quito, que la llevó a explorar la serigrafía, el grabado, la restauración, el diseño de joyas, el textil y el objeto intervenido. Esa amplitud técnica no es un detalle biográfico menor: es la base material de un lenguaje visual que hoy se reconoce, a escala internacional, como profundamente coherente y absolutamente propio.
Tres mujeres, tres siglos de resistencia creativa
La abuela que cruzó un continente para seguir siendo artista
La primera de esas mujeres es Malvine Tcherniak, escultora y pintora rusa de formación académica europea, nacida en el seno de una familia judía a finales del siglo XIX. En una Europa que se desmoronaba bajo el avance del nazismo, Malvine tomó una decisión que pocas mujeres de su generación pudieron tomar: no abandonar el arte, sino abandonar el continente para poder seguir haciéndolo. Primero París, donde en 1928 nació su hija Luce Deperón; después, siguiendo el rastro de esa hija, Ecuador.
Malvina Tcherniak no le enseñó técnica a su nieta. Le enseñó algo más determinante: que una mujer puede ser artista de pleno derecho, que la identidad creadora no se rinde ante la guerra, el exilio ni el olvido, y que el arte, cuando es una vocación genuina, sobrevive a cualquier adversidad. Esa lección, transmitida en silencio, a través de obras colgadas en las paredes de una casa familiar, es uno de los cimientos más firmes, aunque menos contados, de la trayectoria de Dayuma Guayasamín.
La madre que reescribió las reglas del campo cultural quiteño
La segunda mujer es Luce Deperón (París, 1928 - Quito, 2013), filósofa, escritora y gestora cultural francobelga que llegó a Ecuador en 1951 y nunca regresó a Europa. En 1965 fundó la Galería Artes en Quito, el primer espacio de la ciudad que puso en pie de igualdad el arte precolombino, el arte colonial, el arte popular y el arte contemporáneo, desafiando abiertamente la jerarquía que durante siglos había subordinado las expresiones populares al arte «culto». Fue ella quien organizó la primera exposición de pintura de Tigua en la capital, quien reivindicó las shigras como objetos de valor estético y no solo utilitario, y quien impulsó las primeras charlas sobre feminismo en el país, mucho antes de que esa palabra circulara con naturalidad en la vida pública ecuatoriana.
Para Dayuma Guayasamín, su madre no fue solo un modelo de gestión cultural: fue la prueba viviente de que preservar, archivar y poner en valor el trabajo de otros también es un acto de creación. Esa vocación se prolonga hoy, de manera directa, en la labor archivística que Dayuma Guayasamín sostiene en el Instituto ISPADE.
El padre que le enseñó a no imitarlo
La tercera figura, inevitable y sin embargo no determinante en el sentido en que muchos podrían suponer, es Oswaldo Guayasamín, uno de los pintores más importantes de América Latina del siglo XX. De él, Dayuma Guayasamín heredó la conciencia histórica y el compromiso ético del artista con su tiempo. Pero lo que la distingue, precisamente, es lo que decidió no heredar: no adoptó su expresionismo, no pintó con su paleta ni replicó su vocabulario visual indigenista. En un campo artístico que fácilmente pudo haberla condenado a ser «la hija de», Dayuma Guayasamín construyó, con paciencia y radicalidad, un lenguaje que se aleja conscientemente del modelo paterno.
Esa independencia no fue gratuita. Tras la muerte de Oswaldo Guayasamín en 1999, sin testamento, sus hijas; Dayuma entre ellas, enfrentaron y enfrentan hasta hoy, disputas legales por un patrimonio, y la paradoja de quedar al margen de actos públicos que llevaban el apellido de su propio padre. Que en medio de ese contexto Dayuma Guayasamín haya sostenido, sin interrupciones, una producción artística propia y reconocida es, en sí mismo, un testimonio de determinación.
La construcción de un lenguaje pictórico propio
Es fundamental entender algo sobre la obra de Dayuma Guayasamín: aunque trabaja con materiales que la mirada superficial podría asociar al mundo artesanal; textiles, collage, objetos domésticos intervenidos, encajes, hilo, lana, su producción pertenece de lleno al campo del arte contemporáneo conceptual, con la misma densidad crítica, la misma investigación formal y el mismo peso curatorial que cualquier obra.
Dayuma Guayasamín piensa con materiales, y esa es la definición exacta del arte de vanguardia desde hace más de un siglo.
Su premisa de trabajo es tan sencilla como radical: «Pinto lo que veo y cada vez aprendo a pintar». Esa fidelidad a lo visible; el mercado, el bus urbano, el altar doméstico, el encaje colonial, la cocina desordenada. es lo que la sitúa en un lugar único dentro del arte latinoamericano contemporáneo: la de una artista que convirtió lo cotidiano en territorio de alta reflexión estética, y el color en protagonista absoluto de su obra.
La gestión cultural como acto de creación
Paralelamente a su producción artística, Dayuma Guayasamín ha sostenido durante décadas una intensa labor de gestión cultural que la curadora Ana Rosa Valdez define, con razón, como una práctica creativa en sí misma. Dirige la Galería Artes, fundada por su madre; fundó junto a su esposo, el artista Miguel Varea Maldonado, espacios alternativos de exhibición como el LoKal Esporádiko y el LoKal para la PráktiKa Artístiká —cuyo característico uso de la «k», marca de identidad del propio Varea en su obra gráfica, condensa una postura estética y política de disidencia frente a las convenciones dominantes—, y dirige desde 2010 el Archivo Varea Guayasamín en el ISPADE, donde ha catalogado aproximadamente 7.000 piezas de la obra de Miguel Varea Maldonado.
Ser, al mismo tiempo, guardiana de la memoria de tres generaciones de artistas y creadora de una obra propia y reconocida internacionalmente no es una contradicción: es, precisamente, la mayor evidencia de la magnitud del proyecto vital de Dayuma Guayasamín.
Una trayectoria que hoy se lee desde el reconocimiento internacional
Después de más de cinco décadas de práctica ininterrumpida, el reconocimiento le ha llegado sin que ella tuviera que perseguirlo: en 2025 fue condecorada por el Parlamento Andino y por el Municipio de Rumiñahui, ingresó a la colección permanente del Museo Nacional del Ecuador (MuNa), participó en Memoria y Ficción. Modernidad Ecuador en el Palacio de Cristal de Quito, y fue seleccionada como artista invitada en la Bienal Internacional de Antioquia y Medellín 2025, uno de los circuitos de arte contemporáneo más prestigiosos de la región. A ese mismo impulso reciente se suman su participación en Archivas, Mujeres Accionando Museos (2021), su presencia en Samay, Esprit d'Amazonie en la Mairie du 8e de París (2022), y sus muestras en Casa Montalvo, Ambato, y el Centro Cultural Museo de Rumiñahui (2024). Así, su obra dialoga hoy, en pie de igualdad, con las grandes propuestas del arte latinoamericano contemporáneo, en un momento de plena vigencia crítica y curatorial de su trayectoria.
El legado de tres generaciones de mujeres, hecho obra
La historia de Dayuma Guayasamín es, en última instancia, la historia de una cadena de mujeres que se negaron, cada una en su tiempo y en su contexto, a que el arte les fuera negado. Una abuela rusa que cruzó un océano para seguir esculpiendo. Una madre francobelga que reescribió las jerarquías del arte en un país que no era el suyo. Y una hija que, en lugar de administrar ese legado, lo transformó en un lenguaje pictórico propio, radicalmente contemporáneo, capaz de convertir una cocina desordenada, un altar popular o una colcha familiar en materia de alta investigación estética.
Dayuma Guayasamín no es la heredera silenciosa de un apellido ilustre. Es una de las artistas más consistentes, valientes y visionarias del arte ecuatoriano contemporáneo, y su obra, hoy presente en museos, bienales y colecciones internacionales, es la prueba de que el territorio de lo femenino, lo cotidiano y lo popular no es un lugar menor del arte: es, cuando se lo trabaja con la inteligencia y la libertad que ella ha demostrado durante cinco décadas, uno de sus territorios más fértiles.
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