Miguel Varea Maldonado, el “Artista Rebelde”
Hay artistas que construyen su obra mirando hacia el mundo y exigiéndole cuentas. Miguel Varea Maldonado fue uno de ellos. Pintor, dibujante, grabador, poeta visual y eterno inconforme, Varea levantó a lo largo de cinco décadas una obra singular, irreverente y profundamente ecuatoriana. Pero su historia no puede contarse por completo sin nombrar a la mujer que estuvo a su lado durante décadas: la artista y gestora cultural Dayuma Guayasamín, con quien no solo formó una familia, sino también un territorio compartido de creación, resistencia y vida.
Conocer a Miguel Ángel Varea Maldonado es entender una parte esencial de quién es Dayuma Guayasamín. Porque los grandes vínculos no solo acompañan: forman, transforman y dejan una huella que no se borra jamás.
Miguel Varea nació el 23 de octubre de 1948 en Quito, y creció con la disciplina obstinada de quien sabe que su camino no pasa por los títulos, sino por el trabajo cotidiano. La plumilla, la tinta china y el cuaderno de dibujo se convirtieron en sus instrumentos fundamentales, a los 22 años realizó su primera exposición individual en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, inicio de una trayectoria que dejaría al mundo aproximadamente siete mil obras.
En 1977 viajó a Madrid a estudiar grabado calcográfico. Las puertas de galerías europeas se abrieron ante él, y aun así, eligió regresar a Ecuador. A Varea no le interesaba el prestigio como fin en sí mismo. Lo que le interesaba era trabajar, explorar e incomodar, y para eso su tierra era suficiente. De vuelta en Quito, desarrolló la "Estétika del disimulo": una propuesta política de exploración interior que desafiaba los paradigmas sobre qué es el arte y para qué sirve, y que incluyó el uso sistemático de la letra "k" como gesto de ruptura con la norma lingüística establecida.
El encuentro con Dayuma Guayasamín: cuando dos mundos deciden construir uno solo
En 1974, Miguel Varea Maldonado formó su familia con Dayuma Guayasamín, hija del pintor Oswaldo Guayasamín y de la artista Luce Deperón. Él venía del dibujo irreverente, del grabado como acto político, de una relación casi física con el papel y la tinta. Ella venía de una infancia rodeada por la obra de Oswaldo Guayasamín y por el trabajo poderoso de su madre, que había fundado galerías y puesto en valor el arte popular cuando nadie más lo hacía y su abuela escultora Malvine.
Dayuma Guayasamín y Miguel Varea comenzaron a construir juntos desde el primer momento, con la convicción compartida de que el arte oficial, el que se exhibe en galerías exclusivas, se vende a coleccionistas privados y circula en catálogos de lujo, era solo una parte muy pequeña de lo que el arte podía y debía ser. Esa convicción no era solo un discurso: era una práctica cotidiana, un modo de levantarse cada mañana y decidir cómo y para quién se trabaja.
Los talleres de Dayuma y Miguel: una apuesta por el arte sin muros
A lo largo de su trayectoria, Dayuma Guayasamín construyó su lenguaje artístico no solo desde el estudio individual, sino desde la creación colectiva y el arte aplicado, en una serie de talleres que marcaron profundamente su desarrollo como artista y gestora cultural.
En 1975, junto al pintor y grabadista Miguel Varea Maldonado, con quien formó familia en 1974, creó el Taller Vade Retro, espacio pionero de arte anticonceptual en Quito donde se producían afiches, serigrafías y textos visuales orientados a la difusión fuera de los circuitos tradicionales del arte. Un año después, en 1976, nació el Taller Guápulo, donde Dayuma y Varea continuaron imprimiendo obra gráfica y explorando canales alternativos de distribución junto a otros artistas. En 1983 fundaron el Lokal Para la Práktika Artístika, espacio que profundizó en la producción de arte aplicado con una vocación abiertamente antiinstitucional, y desde el cual Dayuma afianzó su interés por el grabado, la estampa y el arte accesible a comunidades amplias. Finalmente, en 1987 nació Estampa Lokal, taller activo hasta 1995 y continuado por Dayuma Guayasamín hasta la actualidad, donde la producción de arte gráfico, la impresión y el arte aplicado siguen siendo el eje central.
Estos proyectos, desarrollados en paralelo a la vida familiar y creativa con Varea, fueron decisivos en la formación de Dayuma como artista: le enseñaron que el arte tiene valor fuera del museo, que la técnica del grabado y la estampa son herramientas de comunicación tan poderosas como el lienzo, y que la coherencia entre lo que se crea y cómo se distribuye es, en sí misma, una postura estética y política.
Una familia construida sobre el arte y la coherencia
La historia de Dayuma Guayasamín y Miguel Varea. Es también la historia de una familia que eligió vivir de acuerdo con sus convicciones, incluso cuando eso implicaba renunciar a comodidades que el apellido Guayasamín podría haber garantizado.
Dayuma había crecido con el peso y el privilegio de ser hija de Oswaldo Guayasamín, uno de los artistas más reconocidos de América Latina. Ese apellido abría puertas, pero también imponía expectativas, comparaciones y sombras. Junto a Varea, Dayuma encontró la posibilidad de ser valorada por lo que hacía y pensaba, no por el nombre que llevaba. Varea no estaba interesado en los apellidos ilustres ni en las genealogías del arte. Estaba interesado en la obra, en la postura, en la honestidad de quien trabaja.
Esa dinámica marcó la vida familiar que construyeron. Una vida en la que el arte, era el hilo que atravesaba las conversaciones, las decisiones cotidianas, la forma de mirar las noticias, de relacionarse con el barrio, de entender qué significa ser ecuatoriano en la segunda mitad del siglo XX. Sus hijos crecieron en ese ambiente: no como espectadores del trabajo de sus padres, sino como habitantes de un mundo donde crear, pensar y tomar posición eran actos naturales y necesarios.
Dayuma Guayasamín fue, en esa familia, mucho más que la compañera de un artista. Fue la artista y madre que gestionó, organizó, conectó y sostuvo. La que entendía tanto el lenguaje del arte como el de la logística cultural, la que mantuvo vivo el proyecto común incluso en los momentos en que el mercado del arte y la vida cotidiana empujaban en sentidos contrarios. Esa capacidad, forjada en parte en los años junto a Varea, es uno de los rasgos más definitorios de su trayectoria como figura cultural.
Lo que Dayuma lleva de Varea
Miguel Varea falleció el 16 de abril de 2020 en Quito. Su obra, aproximadamente siete mil piezas, fue expuesta póstumamente en el Museo Nacional (MUNA) en junio de 2024, bajo el título Lectura visual para todos, que captura con precisión la vocación de toda su trayectoria: un arte que habla hacia afuera, que quiere ser leído tanto como visto.
Para Dayuma Guayasamín, esa exposición fue también un reencuentro con décadas de vida compartida. Cada pieza expuesta en el MUNA era, de algún modo, un fragmento de una historia que ella también había habitado. Los talleres, los afiches, los debates de madrugada sobre el papel del arte en una sociedad desigual, la decisión de quedarse en Ecuador, todo eso estaba ahí, en esos siete mil trabajos, visible para quien supiera leerlo.
Hoy, Dayuma Guayasamín lleva en su trayectoria tres historias entrelazadas que la hacen posible: la de su padre Oswaldo Guayasamín, con su pintura y su denuncia del dolor latinoamericano; la de su madre Luce Deperón, con su visión humanista, popular, y la de Miguel Varea Maldonado, con su rebeldía, su humor negro, su fidelidad absoluta a la propia visión y su convicción de que el arte es, antes que nada, una forma de vida. Esas tres historias la determinan por completo. Juntas, la hacen quien es.