Oswaldo Guayasamín y Dayuma: el pincel que se convirtió en herencia viva

Existen legados que se transmiten en lienzos, en premios y en museos. Y existen otros que se transmiten en silencio, en conversaciones de madrugada, en la manera en que una hija observa trabajar a su padre y decide, sin decirlo en voz alta, que el arte será también su camino. El legado de Oswaldo Guayasamín sobre su hija Dayuma Guayasamín es de ese segundo tipo: profundo, íntimo y mucho más complejo de lo que cualquier título honorífico podría explicar.

Hablar de Dayuma Guayasamín sin hablar de su padre es como intentar entender una pintura mirando solo la mitad del cuadro. Pero entender esa relación exige también ir más allá del mito, de la figura casi sacralizada que la historia del arte latinoamericano construyó alrededor de Oswaldo Guayasamín. Exige mirar al hombre, al padre, y a la huella que dejó en una hija que hoy continúa, a su manera y con su propia voz, el trabajo de una vida entera dedicada al arte y a la identidad ecuatoriana.

Oswaldo Guayasamín: el artista que pintó el dolor de un continente

Oswaldo Guayasamín nació el 6 de julio de 1919 en Quito, en el seno de una familia humilde de origen indígena y mestizo. Desde temprana edad mostró una inclinación natural por el dibujo, y esa vocación lo llevó a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Quito, con apenas veintitantos años ya había llamado la atención de figuras como el muralista mexicano José Clemente Orozco, quien lo acogió y lo orientó en sus primeros años de proyección continental.

La obra de Oswaldo Guayasamín se construyó sobre tres pilares: el expresionismo como lenguaje visual, la denuncia social, y la identidad latinoamericana. Su serie más célebre, Huacayñán (El camino del llanto), pintada entre 1946 y 1952 tras un extenso viaje por América del Sur, consolidó su reputación internacional y lo ubicó entre los mejores muralistas y pintores del siglo XX. Más tarde, sus series La edad de la ira y La edad de la ternura completarían una trilogía que documenta, con un lenguaje visual, el sufrimiento humano y la esperanza.

Mantuvo amistad con Pablo Neruda, Fidel Castro y varios jefes de Estado latinoamericanos. Murió el 10 de marzo de 1999 en Baltimore, Estados Unidos, mientras se recuperaba de una cirugía. Tenía 79 años.

La figura pública de Oswaldo Guayasamín es la que llenan los libros de historia del arte: comprometida, universal. Pero la figura privada, el padre, es bastante más matizada y, en muchos sentidos, más reveladora.

Dayuma Guayasamín creció, por lo tanto, en el espacio difícil y fértil que existe entre dos figuras igualmente poderosas: su madre, Luce Deperón, con su capacidad de gestión cultural y su mirada humanista; y su padre, cuya presencia, aunque no siempre constante en lo cotidiano,  lo impregnaba todo. El apellido que lleva, los amigos que frecuentaban la casa familiar, los artistas que pasaban por su vida, los debates sobre política y estética que escuchó desde niña.

Crecer con un apellido que es también un legado

Hay algo particular en crecer siendo hija de un artista reconocido, aunque el acceso al mundo del arte y la cultura es, sin duda, un privilegio, es también de una carga simbólica considerable. El apellido Guayasamín es una marca, una referencia, una expectativa. Para Dayuma Guayasamín, construir una identidad propia dentro de esa realidad no fue un camino sencillo.

Lo que distingue a Dayuma Guayasamín es precisamente que no repitió el modelo paterno ni intentó imitarlo. No pintó con la paleta de su padre ni adoptó su estética expresionista como propia. En cambio, encontró en la herencia de su madre, en la gestión cultural, en el contacto directo con las comunidades artísticas, en el arte popular y la simbología ancestral, un territorio desde el cual construir algo auténticamente suyo.

Ese equilibrio entre el apellido del padre y el ejemplo de la madre es, en gran parte, lo que define la trayectoria de Dayuma Guayasamín como figura cultural. No es una continuadora mecánica de la obra de Oswaldo Guayasamín: es una heredera crítica, consciente y selectiva, que sabe exactamente qué tomar y qué resignificar.

Aunque Dayuma Guayasamín desarrolló un camino propio, sería ingenuo negar la influencia profunda que la obra de su padre ejerció sobre su sensibilidad. Crecer rodeada de esos cuadros , de esas manos deformadas por el dolor, de esos rostros que gritan sin sonido, de esa paleta que va del ocre al negro con una precisión casi litúrgica, deja una marca.

El arte no puede ser decorativo ni indiferente, que tiene que decir algo sobre el tiempo y el lugar que habita; es visible en el trabajo que Dayuma Guayasamín ha desarrollado a lo largo de los años, tanto en su dimensión creativa como en su dimensión de difusora y promotora cultural.

La Capilla del Hombre, ese monumento que Oswaldo Guayasamín comenzó a construir en 1995 y que se inauguró póstumamente en 2002, es también parte del universo emocional y simbólico que Dayuma Guayasamín habita. Aquel espacio, concebido como un homenaje a la humanidad latinoamericana, es el testamento artístico más ambicioso que su padre dejó. Y es, al mismo tiempo, uno de los ejes desde los cuales la familia Guayasamín sigue proyectando ese legado.

Dayuma Guayasamín es heredera de dos tradiciones que en ella confluyen sin contradicción: la tradición artística y combativa de su padre y la tradición cultural, popular y humanista de su madre.

Conocer a Dayuma Guayasamín implica, inevitablemente, conocer la historia de Oswaldo Guayasamín. Pero también implica reconocer que es una voz propia, formada en el cruce de dos mundos extraordinarios, que sigue hablando con una claridad que le pertenece únicamente a ella.

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