Melvine Tcherniak: la escultora rusa que escapó de la guerra y sembró el arte en tres generaciones
Hay raíces que no se ven porque crecen muy por debajo de la superficie. La de Mealvine Tcherniak es una de ellas: una escultora y pintora rusa que huyó de Europa en la 2da Guerra Mundial, cruzó el Atlántico con lo puesto y terminó construyendo, en la ciudad de Quito, una de las obras más importantes y necesarias del arte ecuatoriano del siglo XX. Su nombre no aparece en los grandes relatos del arte latinoamericano. No ganó premios internacionales ni llenó museos metropolitanos. Pero sin ella no existiría Luce Deperón. Sin Luce Deperón no existiría Dayuma Guayasamín. Y sin Dayuma Guayasamín, una parte esencial del patrimonio cultural ecuatoriano habría quedado sin quien la custodie, la documente y la mantenga viva. Eso es lo que hace de Malvina Tcherniak una figura imprescindible: no el eco de su fama, sino la profundidad de su huella.
Una artista en fuga: de Rusia a Ecuador
Malvina Tcherniak nació en Rusia a finales del siglo XIX, en el seno de una familia judía de clase media que vivía con la tensión crónica de quien pertenece a una minoría perseguida. Escultora y pintora por vocación y por formación, Malvina desarrolló desde joven un lenguaje plástico propio en un contexto donde las mujeres artistas debían abrirse camino contra corrientes de doble fuerza: el machismo del mundo del arte y el antisemitismo de la Europa que se desmoronaba.
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Malvina Tcherniak tomó una de esas decisiones que la historia llama de supervivencia y valentía: abandonar Europa, alejarse del infierno que amenazaba con consumirlo todo, y buscar un lugar en el mundo donde el arte todavía fuera posible.
Primero París, donde su hija Luce Deperón nacería en 1928, y más tarde, siguiendo el rastro de Luce, Ecuador.
Quito, con su luz de altiplano, su arquitectura colonial y su efervescencia cultural de mediados del siglo XX, se convirtió en el hogar definitivo de Malvina Tcherniak. Allí continuó esculpiendo, continuó pintando, y desde ese espacio que su hija Luce haría crecer hasta convertirlo en la galería "Artes", Melvine expuso su obra y dejó en las paredes de ese espacio el primer eslabón de una cadena que llegaría, décadas más tarde, hasta Dayuma Guayasamín.
La galería Artes, un espacio de la abuela
Cuando Luce Deperón fundó la galería "Artes" en 1965, estaba construyendo algo nuevo. Pero lo estaba construyendo sobre una base que ya existía: el espíritu creador de su madre Melvine, la convicción de que el arte es un acto necesario, no decorativo, y la práctica cotidiana de una mujer que había atravesado la guerra con su obra intacta y su vocación más viva que nunca. Melvine Tcherniak: la escultora rusa que escapó de la guerra y sembró el arte en tres generaciones
La galería Artes, que con los años se convertiría en el Museo de Arqueología Ecuatoriana Artes, fue desde el principio un espacio donde las obras de Melvine Tcherniak convivieron con las de artistas ecuatorianos contemporáneos, con piezas de arqueología precolombina y con el arte popular que Luce defendía con tanta energía. Esa mezcla, la escultora rusa junto a la cerámica Valdivia, junto a las pinturas de Tigua, junto a los grabados de una generación entera de artistas quiteños, no fue accidental. Fue el resultado natural de una manera de entender el arte que Melvine había sembrado en su hija y que su hija trasplantaría luego al suelo ecuatoriano.
Para Dayuma Guayasamín, crecer en ese espacio, literalmente, crecer entre las obras de su abuela Melvine, los debates culturales de su madre Luce y las visitas de los artistas más importantes de la escena quiteña, fue su primera y más duradera escuela de arte. No una escuela con aulas ni programas: una escuela de mirada, de sensibilidad, de contacto cotidiano con la materia y la forma.
La influencia de Malvina Tcherniak sobre Dayuma Guayasamín
Hablar de la influencia de Melvine Tcherniak sobre Dayuma Guayasamín implica hablar de algo que rara vez aparece en los estudios de arte: la transmisión intergeneracional de una forma de estar en el mundo. Melvine no fue la maestra directa de Dayuma. No le enseñó técnica ni le corrigió dibujos. Pero le enseñó algo más profundo y más difícil de cuantificar: que una mujer puede ser artista, que el arte sobrevive a la guerra, que la identidad creadora no se rinde ante la adversidad.
Ese mensaje, transmitido no en palabras sino en presencia, en obras colgadas en paredes que Dayuma Guayasamín recorrió de niña, en la figura de una abuela que había cruzado el mundo para no dejar de crear, es uno de los pilares más silenciosos pero más firmes de la trayectoria artística de Dayuma Guayasamín. Una artista y gestora cultural que lleva más de cuatro décadas trabajando con la misma convicción que animó a Melvine en Rusia, en París y en Quito: que el arte no es un lujo sino una forma de sobrevivir, de recordar y de construir identidad.
La influencia de Melvine se hace visible, además, en la elección de Dayuma Guayasamín de sostener el Museo Artes en la calle Veintimilla de Quito como espacio de exposición permanente. Ese museo, que fue el taller emocional e institucional de tres generaciones de mujeres; Melvine, Luce y Dayuma, alberga hoy obras de la propia escultora rusa junto a las de su hija, las de sus nietas y las de artistas contemporáneos que han encontrado en ese espacio un lugar donde el arte ecuatoriano es tomado en serio. Mantener ese espacio vivo es, entre otras cosas, un acto de fidelidad a la memoria de Melvine Tcherniak: la artista que lo hizo posible, simplemente siendo quien era.
Tres generaciones de mujeres creadoras
En su colección permanente, recorre tres generaciones de mujeres creadoras unidas por sangre, por vocación y por una misma convicción sobre el papel del arte en la vida. Melvine Tcherniak, escultora y pintora rusa sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, abre ese arco con sus obras tridimensionales, testimonio de un lenguaje forjado en la dificultad y afinado en el exilio americano. Luce Deperón, su hija, lo amplía con sus pinturas, cerámicas, y Dayuma Guayasamín, su nieta, lo cierra y lo mantiene abierto al mismo tiempo: pintora, grabadora y gestora cultural.
Ese círculo preserva y proyecta hacia el futuro el legado más completo de Mevine Tcherniak. Una artista que no pudo imaginar, cuando escapaba de la guerra, que su obra terminaría siendo parte de uno de los archivos culturales más singulares del Ecuador contemporáneo. Pero que dejó en su hija, y en su nita, los materiales para que eso fuera posible.
La vida de Melvine Tcherniak puede leerse como una historia de pérdida: la pérdida de la patria, del entorno familiar, de la Europa que conoció.
Esa persistencia es la que Dayuma Guayasamín honra cada vez que abre el Museo Artes, cada vez que organiza una exposición que incluye la obra de su abuela, cada vez que trabaja en el archivo que documenta y ordena tres generaciones de creación ininterrumpida. No como acto de nostalgia, sino como gesto político y artístico: la demostración de que el arte de las mujeres, cuando se preserva con rigor y se exhibe con dignidad, es tan indispensable para comprender la historia de un país como cualquier otro relato oficial.
Las raíces de esta familia extraordinaria hunden sus primeras ramas en una escultora rusa que escapó de la guerra con las manos llenas de arte, cruzó el mundo y eligió, sin saberlo, dejar en Ecuador una de las semillas más ricas y menos contadas de su historia cultural.
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